“Una foto en blanco y negro


La había perdido.
Sólo había dos en todo el país y había perdido una. Aquella esfera transparente, con una luz dorada en su interior era su amuleto, y significaba mucho para él.
Estaba paseando aquella tarde, con ella en el bolsillo, como siempre, cuando al tropezarse, se cayó y se dio cuenta de que ya no estaba allí.
La había dado por perdida cuando vio que había una alcantarilla abierta, convencido de que estaría allí, se acercó y vio en el fondo algo brillante, y, sin pensárselo dos veces, descendió por la escalerilla a cogerla.
Allí abajo todo estaba bastante oscuro, así que cogió su amuleto y se dio la vuelta para subir de nuevo a la calle, pero se detuvo un instante antes de poner el pie en el primer peldaño. Miró a su alrededor. Aquello no era una alcantarilla cualquiera. Era un túnel.
La curiosidad le picaba y decidió investigar un poco, así que continuó andando. Olía a cañerías, algo lógico tratándose de una alcantarilla… Pero había algo extraño que lo desconcertaba. Veía objetos de todo tipo, la mayoría muy antiguos: Vasijas, jaulas, llaves, lámparas, una mesa, mochilas, y hasta un televisor viejo. Todo aquello hizo que un escalofrío recorriese el cuerpo de Unai, el miedo se apoderaba de él… al fin y al cabo, tan sólo tenía diez años.
Empezó a encontrarse muy mal, se mareó, se le cerraban los ojos y cayó al suelo. Al despertar, vio que ya no se encontraba en el túnel: Aquello era un callejón, muy antiguo, tanto como los objetos que recordaba haber visto en el túnel. Continuó, hasta que salió del callejón y se encontró en una ciudad. Todo lo que veía le parecía muy antiguo.
Se movió un poco por la ciudad, intentando averiguar a dónde había ido a parar, y, para su sorpresa, vio librerías, papelerías, bibliotecas, hasta papeles tirados por los suelos. ¿Cómo era posible? Hacía mucho tiempo que se estaban quedando sin árboles, y los libros eran propiedad de los más ricos, no malgastaban papel en hacer publicidad, ni en algo que no fuese realmente importante. Así que se acercó a una pequeña tienda, cogió un periódico, lo ojeó  y entonces comprendió por qué todo aquello le parecía tan antiguo:
« 21 de Julio de 2008 ». Pudo leer en la esquina superior izquierda.
Había retrocedido 72 años. ¿Cómo era posible que se encontrara en el año 2008, si  había nacido en el 2070?
Se quedó un momento parado, sin poder creer lo que estaba viendo.

  1. ¿Estás bien? –le preguntó un chaval de su edad poniéndole una mano sobre su hombro.
  2. ¿Ehh? Ss…sí estoy bien –contestó Unai.
  3. Estás un poco pálido, puedes venir a mi casa y jugamos a algo.

Unai lo miró, sin saber qué decir.

  1. Si quieres –añadió el chaval.
  2. Claro, vamos –dijo Unai por fin.
  3. Por cierto, me llamo Mario. –le dijo su nuevo amigo.
  4. Yo soy Unai. –sonrió él también.

Echaron a andar, y al llegar a casa de Mario, Unai comprobó que, como tantos otros niños, Mario no podía vivir sin los videojuegos, jugaron con casi todos los que tenía, aunque a Unai no le gustaban nada los videojuegos… así que le habló de los libros, pero Mario dijo que eran una porquería, que no perdiera el tiempo en eso.
Mario vio a Unai por la tarde, pero hizo como si no lo conociese, no le gustaban los videojuegos, así que no tenía nada que hacer con él.
Libros… con lo aburridos que eran para Mario.
Unai entraba en todas las librerías que veía, en las bibliotecas y en todos los sitios donde veía libros, le parecían maravillosos, y veía que la gente los ignoraba completamente, no lo podía entender. Se pasaba horas y horas en la biblioteca, y deseaba poder tener alguno de esos libros, hasta llegó a pensar que podía robarlos, pero era incapaz de hacerlo.
Entonces se acordó de su amuleto de la suerte.
No, no podía desprenderse de ella por unos libros… ¿O sí?
Existía otra en el país, podría conseguirla, con esfuerzo la buscaría hasta encontrarla. No estaba muy convencido, pero veía tan cerca la posibilidad de poder tener unos cuantos libros…
Se dirigió a la biblioteca y preguntó a la bibliotecaria:

  1. ¿Cuántos libros me da por esto?

Unai le tendió la esfera tras sacársela del bolsillo.

  1. ¡Ohh! ¿De dónde has sacado esto? Es…preciosa –miró a Unai. Por suerte, la bibliotecaria tenía interés en su amuleto. – Te puedo dar a cambio de ella… ¿Cuántos libros quieres?
  2. Bueno, es algo muy valioso para mí, así que… ocho libros.
  3. ¡Ocho! Ocho son pocos, ¡esto es precioso! Te doy diez como mínimo.
  4. Hecho.
  5. Cógelos de aquel pasillo, en mi opinión son mejores y te gustarán más. –le indicó señalando el pasillo del fondo y guiñándole un ojo.

Unai sonrió, y acto seguido se dirigió al pasillo del fondo.
«La historia interminable», «El principito », «La isla del tesoro », «Escuela de Robinsones », «Cierto olor a podrido », «La isla misteriosa », «Los cinco en peligro »…Había muchísimos, así que cogió los que más le llamaron la atención, le entregó la esfera a la bibliotecaria, con cierta pena, y salió de allí.
Ya tenía lo que quería, ahora necesitaba volver a su época, a su ciudad, a su casa, y tenía un problema: no sabía cómo.
Recordaba una historia que su madre le había leído, que al final decía…”Cuidado con lo que deseas porque puede hacerse realidad”. Unai nunca había entendido aquello, pero por probar, no perdía nada. Sólo tenía que desearlo, parecía tan fácil…
Agarró sus libros con fuerza, y allí, en una esquina de un callejón, cerró los ojos y se concentró en volver a su ciudad, al 2080. Visualizaba en su mente la última vez que había estado allí, antes de entrar en la alcantarilla. Entonces una sensación muy extraña, recorrió su cuerpo. Notaba como si pequeñas burbujas se moviesen a su alrededor y en su interior, una sensación muy agradable…. Por su mente pasaron imágenes de su amuleto, del periódico, de Mario, la bibliotecaria... una luz dorada fue lo última imagen que vio en su mente. Todo pasó muy rápido, y entonces, Unai abrió los ojos. Se encontraba de nuevo, junto a la alcantarilla abierta, con sus libros bien agarrados, y sin su amuleto. Lo había conseguido.
Corrió a su casa, antes de que nadie lo viera con ese montón de libros, esquivando a todo el mundo, y a cualquier obstáculo. Al llegar, guardó los libros en su habitación, muy bien guardados, entró en la habitación de su madre, encendió el ordenador, y comenzó a escribir. Escribió todo lo que le había pasado ese día, desde que había llegado a la alcantarilla, hasta que había vuelto a ella hacía un rato. Lo extraño era que al escribirlo, lo recordaba todo como un sueño, un lejano recuerdo…fascinante para él. No sabía si era un cuento, un libro… pero le daba igual,  quería escribirlo. Esa historia… que tan antigua le parecía ahora.
Después de una noche entera más la mitad del siguiente día, terminó. Lo tituló “Una foto en blanco y negro”, y se lo dio a leer a su madre. A su madre le pareció maravilloso, no entendía cómo con diez años, podía haber escrito aquello, así que a los pocos días, decidió llevarlo a una editorial.
Un mes después, el libro de Unai salió publicado, y ganó varios premios.
Unai nunca olvidaría aquella historia, que tan real le había parecido, aquel recuerdo tan lejano…aquella foto en blanco y negro.

                                                                                   Celia Peláez Hidalgo 3º ESO-C